SINOPSIS, PROLOGO y PRIMER CAPITULO: OSCUROS, EL PODER DE LAS SOMBRAS

Ya queda menos para tener en nuestras manos la edición en castellano de la segunda parte de Oscuros de Lauren Kate, exactamente el 26 de noviembre, por ese motivo he dedicido traer algo más de infomación sobre esta novela que tanto a cautivado. Una sinopsis ampliada, el prólogo y el primer capitulo.
Feliz adicción!!!

Colección: Ellas
Formato: 150 x 215 mm.
Idioma: castellano
Páginas: 416
Precio: 16,95 €
Pub.: 26 de noviembre
Traductora: Marta Mabres Vicens






SINOPSIS AMPLIADA

Luce está en grave peligro. Para protegerla, ángeles y demonios pactan una tregua que cambiará el transcurso de la historia...

Aunque ella lo ignore, Luce es una pieza clave en la lucha entre el bien y el mal. Por esto los desterrados, ángeles caídos condenados al exilio, quieren secuestrarla; para chantajear a ángeles y demonios a cambio de ganarse un nuevo acceso al cielo. Daniel y Cam son conscientes del peligro que corre Luce y pactan una tregua de dieciocho días para trabajar juntos y poder dar caza a los desterrados. Durante este tiempo, además, los dos chicos quieren mantener a Luce lejos del peligro y la esconden en Shoreline, una exclusiva escuela en la que conviven humanos y Nephilim, descendientes de ángeles que la protegerán.

Los profesores de los Nephilim, Steven y Francesca, son un demonio y un ángel que están enamorados. Ellos enseñan a Luce que las sombras que la acechan, los Anunciantes, pueden mostrarle imágenes de sus múltiples pasados. Gracias a ello, Luce pronto entenderá muchas de las cosas que Daniel no ha querido contarle, incluido el pacto con Cam, y empezará a sospechar que su relación está motivada por intereses ocultos...


AQUÍ VA EL PROLOGO/PRIMER CAPITULO
(traducción no oficial de la comunidad FAllen de Lauren Kate, sacada del pime capitulo colgado por la editorial)

Prólogo

Aguas Neutrales

Daniel se quedó mirando a la bahía. Sus ojos estaban tan grises como la niebla espesa envolviendo la orilla de la costa de Sausalito, mientras el agua picada lamia los guijarros de playa bajo sus pies. No había ni un poco de color violeta en ellos, podía sentirlo. Ella estaba demasiado lejos. Se abrazaba así mismo para protegerse contra el vendaval que azotaba el agua. Pero incluso mientras tiraba sobre sí su grueso abrigo marinero negro, sabía que era inútil. La caza siempre lo dejaba con frío.

Hoy sólo una cosa podía hacerlo entrar en calor, y ella estaba fuera de su alcance. Echaba de menos la forma en que la corona de su cabeza hacía una cornisa perfecta para sus labios. Se imaginaba llenando el círculo de sus brazos con su cuerpo, inclinándose para besar su cuello. Sin embargo era bueno que Luce no pudiese estar allí en ese momento. Lo que vería la horrorizaría. Tras de él, el balido de los lobos marinos flotando como copos a lo largo de la costa sur de la Isla del Ángel sonaban tal como se sentía: una punzante soledad, sin nadie alrededor que escuchara.
Nadie, excepto Cam. Cam estaba en cuclillas delante de Daniel, atando un ancla oxidada en torno a la húmeda figura abultada que estaba a los pies de ambos. Incluso participando en algo tan siniestro, Cam se reía bien. Sus ojos verdes destellaban y su cabello estaba bien arreglado. Era la tregua, que siempre traía un brillo más resplandeciente a las mejillas de los ángeles, un lustre más brillante a sus cabellos, incluso un tallado más profundo a sus impecables cuerpos musculosos. Los días de tregua eran para los ángeles lo que unas vacaciones en la playa eran para los humanos.

Así a pesar de que a Daniel le doliese en lo más profundo cada vez que se veía obligado a poner fin a una vida humana, para los demás, el luciría como un chico viniendo de pasar una semana en Hawái: relajado, descansado, bronceado. Apretando uno de sus intrincados nudos, Cam dijo, “Típico de Daniel. Siempre haciéndose a un lado y dejándome hacer el trabajo sucio.”
“¿De qué estás hablando? Soy el que acabó con el.” Daniel miró abajo hacia el hombre muerto, a su hirsuto cabello gris enmarañado en su pastosa frente, sus nudosas manos y sus baratas botas impermeables de caucho. Aquello lo hizo sentir frío de nuevo. Si el asesinato no era necesario para garantizar la seguridad de Luce, para salvarla, Daniel nunca levantaría otra arma. Nunca participaría en otra lucha. Y algo sobre matar a este hombre no se sentía bien. De hecho, Daniel tenía una sensación vaga, inquietante de que algo estaba profundamente equivocado.
“Acabar con ellos es la parte divertida.” Cam enlazó la cuerda alrededor del pecho del hombre y la apretó por debajo de sus brazos. “El trabajo sucio es despacharlos al mar.”
Daniel aun apretaba la rama del árbol en su mano. Cam se había reído entre dientes, pero a Daniel nunca le importaba que arma usara. Una rama de árbol, una daga, un rifle automático — bien podría haber sido un plumero; Daniel podría matar con cualquier cosa.
“Apúrate,” gruñó, enfermo por el placer obvio que Cam sentía por el derramamiento de sangre humana. “La marea está bajando de todos modos.”
“Y a menos que hagamos esto a mi manera, mañana la marea alta arrastrará a Slayer aquí de vuelta a la tierra. Eres tan impulsivo. Daniel, siempre lo fuiste. ¿Crees que algunas vez iras un paso adelante?” Daniel cruzó los brazos y miró hacia a tras a las blancas crestas de las olas. Un catamarán de turistas proveniente del muelle de San Francisco se deslizaba hacia ellos. En otro tiempo, la visión de aquel barco podría haber traído de vuelta una avalancha de recuerdos. Un centenar de viajes felices que había hecho con Luce cruzando a través de los cientos de mares en todas sus vidas. Pero ahora — ahora que ella podría morir y no regresar, en esta vida cuando todo era diferente y no habría más reencarnaciones — Daniel estaba siempre muy consciente de cuan en blanco la memoria de ella estaba. Ese era la última oportunidad. Para ambos. Para todo el mundo, en realidad.

Entonces eran los recuerdos de Luce, no los de Daniel, los que importaban, y demasiadas verdades impactantes deberían de ser cuidadosamente llevadas a la superficie si ella iba a sobrevivir. El pensamiento de lo que ella tenía que descubrir hacía que su cuerpo se tensara completamente. Si Cam pensaba que Daniel no estaba previendo su próximo pasó, estaba equivocado.
“Sabes que solo hay una razón por la cual aun estoy aquí,” dijo Daniel.
“Necesitamos hablar de ella.” Cam se echo a reír. “Yo estaba hablando de Luce.” Con un gruñido, levanto el cadáver empapado por encima de su hombro.

El overol color azul marino del hombre muerto se arrugaba en torno a los surcos de la cuerda que Cam había atado. El ancla descansaba sobre su pecho ensangrentado. “Es es un poco blandengue, ¿No?” Cam preguntó. “Me siento casi insultado de que los Sabios no enviaran a un asesino a sueldo más joven, más competente.” Luego — como si el fuese un lanzador de bala olímpico — Cam dobló sus rodillas, se giro tres veces para tomar vuelo, y lanzó al hombre muerto al agua, por lo menos a un centenar de pies en el aire. Burbujeó con grandilocuencia en la profunda agua turquesa. Y al instante se hundió fuera de vista. Cam se limpió las manos. “Creo que acabo de establecer un récord.”
“La forma como tomas la muerte humana tan a la ligera”, dijo Daniel, “es un misterio para mí.” “Este tipo se lo merecía”, dijo Cam. “¿Realmente no vez lo deportivo en todo esto?” Fue entonces cuando Daniel se le puso enfrente y escupió: “Ella no es un juego para mí.”
“Y eso es exactamente la razón por la que perderás.” Daniel agarró a Cam por el cuello de su abrigo gris acero y consideró echarlo en el agua de la misma manera que él había acabado de lanzar al depredador. Una nube amontonándose más allá del sol, su sombra oscureciéndoles los rostros.
“Tranquilo,” dijo Cam, quitándose de encima las manos de Daniel. “Tienes un montón de enemigos, Daniel, pero en este momento no soy uno de ellos. Recuerda la tregua.” 
“La tregua”, dijo Daniel. “dieciocho días que en los que otros trataran de matarla.”
“Dieciocho días en los que tu y yo los aplastaremos,” Cam lo corrigió. Era una tradición celestial de larga data dar una tregua que se extendiese por dieciochos días. En el cielo, dieciocho era el número de más suerte, el más positivamente lleno de luz, el número por el cual todos los grupos y categorías perdían el control. En un lenguaje mortal, el dieciocho vendría a significar la vida como tal — aunque en este caso, para Luce, podría simplemente significar la muerte.
Cam tenía razón. Cuando las noticias de su mortalidad corrieran por las gradas celestes, las filas de sus enemigos se duplicarían y redoblarían cada día. La señorita Sophia y su corte, los Veinticuatro Sabios de Zhsmaelin, estaban aun detrás de Luce.
Daniel había divisado al Sabio en las sombras producidas por los Anunciadores justo esta mañana. El había vislumbrado algo más, también — otra oscuridad, una mucho más astuta, una que había reconocido a la primera.

Un rayo de sol perforaba las nubes, y algo brilló de refilón a la vista de Daniel. Se volvió y se arrodilló para encontrar una sencilla flecha de plata enterrada en la arena húmeda. Era más delgada que una flecha normal, de color plateado sin brillo, decorada con diseños de ondas grabadas. Estaba caliente al tacto El aliento de Daniel quedó atrapado en su garganta. Habían pasado eones desde que había visto una starshot. Sus dedos
temblaban mientras delicadamente la recogía de la arena, con cuidado para evitar el mortal extremo romo.

Ahora Daniel entendía esa otra oscuridad que había sentido en los Anunciadores de esta mañana. Las noticias eran incluso más atemorizantes de lo que había temido. Se volvió hacia Cam, la flecha se balanceaba ligera como pluma en sus manos. “Ese depredador no estaba actuando solo.” Cam se puso tenso ante la visión de la flecha. Se acercó a ella casi con una reverencia, extendiendo sus manos para tocarla de la misma forma que Daniel lo hacía. Ambos sabían que era increíblemente extraordinaria. “Una arma muy valiosa para ser abandonada. El Proscrito debía de haber estado muy apurado para dejarla.”

Los Proscritos: Una secta de ángeles sin carácter, charlatanes rechazados tanto por el Cielo como por el Infierno. Su única gran fortaleza era el relegado ángel Azazel, una de los pocos starsmiths que quedan, que todavía sabía cómo producir starshots. Cuando era lanzado desde su arco de plata, un starshot podía hacer poco más que una contusión mortal. Tanto a ángeles como a demonios, era el arma más letal de todas.

Todo el mundo las quería, pero ninguno estaba dispuesto a asociarse con los Proscritos, por lo que el intercambio de starshots era siempre hecho de forma clandestina, por encomienda. Lo que significaba que el chico que Daniel había matado no era un asesino a sueldo enviado por los Sabios. Era simplemente quien hacía el intercambio. El Proscrito, el verdadero enemigo, se había marchado en silencio — probablemente en cuanto había visto a Daniel y a Cam. Daniel se estremeció. Eso no eran buenas noticias.
“Matamos al chico equivocado.”
“¿Cómo que ‘Equivocado’?” Cam le restó importancia. “¿No está mejor el mundo con un depredador menos? ¿No lo estará Luce?” Miro a Daniel, luego al mar. “El único problema es —” “Los Proscritos.” Cam asintió. “Entonces ahora ellos la querrán, también.” Daniel podía sentir la punta de sus alas erizándose bajo su suéter de cachemira y la chaqueta de color negro intenso, un hormigueo abrazador que lo hizo encogerse.

Permaneció aun de pie, con sus ojos cerrados y sus brazos a los costados, forzándose a dominarse a si mismo antes de que sus alas brotaran precipitadamente como el violento despliegue de las aspas de un barco, y lo trasportaran y llevaran fuera de esta isla y por encima de la bahía y lo alejaran. Directo hacia ella. Cerró sus ojos y trató de recrear a Luce. Tubo que despegarse de aquella cabina, del tranquilo sueño que la envolvía en la pequeña isla al este de Tybee. Allí debería ser de noche en este momento.
¿Estaría despierta? ¿Tendría hambre? La batalla en Espada y Cruz, las revelaciones, y la muerte de su amiga — aquello había afectado enormemente a Luce. Los ángeles esperaban que ella durmiera todo el día y toda la noche. Pero mañana en la mañana, necesitarían tener un plan trazado. Esta era la primera vez que Daniel había propuesto una tregua. Establecido los limites, hecho las reglas, y elaborado un esquema de consecuencias si uno u otro lado las trasgredieran — era una gran responsabilidad que asumiría junto con Cam. Por supuesto que él lo haría, Cam haría cualquier cosa por ella… solo quería asegurarse de que lo hiciera bien.
“Debemos esconderla en algún lugar seguro,” dijo. “Hay una escuela en el norte, cerca de Fort Bragg —”
“La escuela Shoreline.” Cam asintió. “Por mi parte lo he considerado también. Ella sería feliz ahí. Y educada en una forma que no la pondrá en peligro. Y, lo más importante, estará protegida.” Gabbe ya le había explicado a Daniel el tipo de camuflaje que Shoraline podría proveer. Muy pronto, se extenderían los comentarios de que Luce fue escondida allí, pero por un tiempo al menos, dentro del perímetro de la escuela, ella sería casi invisible. Dentro, Francesca, el ángel de más confianza de Gabbe, cuidaría de cerca de Luce. Afuera, Daniel y Cam perseguirán y mataran al que se atreviera a acercarse a los límites de la escuela. ¿Quién le habría dicho a Cam sobre Shoreline? A Daniel no le gustaba la idea de que los de su lado supieran más que los del suyo. Estaba ya recriminándose a sí mismo por no visitar la escuela antes de que tomaran esa elección, pero ya había sido suficientemente duro dejar a Luce cuando lo hizo.
“Ella podría empezar tan pronto como mañana… Asumiendo” — Los ojos de Cam recorrían el rostro de Daniel — “Asumiendo que digas que si.” El elevó una mano al bolsillo en el pecho de su camisa donde conservaba una fotografía reciente. Luce en el lago de Espada y Cruz. Su cabello húmedo brillando. Una extraña mueca de una sonrisa en su rostro. Por lo general, para cuando tenía oportunidad de tomar una fotografía de ella en alguna de sus vidas, ya la había perdido de nuevo. Esta vez, estaba aun allí. Era él quien no estaba con ella.
“Vamos, Daniel,” Cam le estaba diciendo. “Ambos sabemos que ella lo necesita. La inscribiremos — y luego la dejaremos tranquila. No podemos hacer nada para apresurar esta fase más que dejarla sola.”
“No puedo dejarla sola por tanto tiempo.” Había echado fuera las palabras demasiado rápido. Miro abajo a la flecha en su mano sintiéndose mal. Quería arrojarla dentro del océano pero no pudo.
“Entonces.” Cam lo miró de reojo. “No le has dicho.” Daniel se quedo inmóvil. “No puedo decirle nada. La perderíamos.”
“Tú la perderías,” Cam sonrió sarcásticamente. 
“Sabes lo que quiero decir.” Daniel se puso tenso. “Es demasiado arriesgado asumir que ella puede asimilarlo todo sin…” Cerró sus ojos para desterrar la imagen de la agonizante llama al rojo-vivo. Sin embargo esta siempre estaba quemando en el fondo de su mente, amenazando con extenderse como un reguero de pólvora. Si él le decía la verdad y la mataba, esta vez ella realmente se habrá ido. Y todo sería su culpa. Daniel no podría hacer nada — no podría existir — sin ella. Sus alas ardían ante aquel pensamiento. Mejor simplemente resguardarla por poco de tiempo.
“Que conveniente para ti,” Cam murmuró. “Solo espero que ella no se decepcione.” Daniel lo ignoró. “¿De verdad crees que ella será capaz de aprender en esa escuela sin distraerse?”
“Lo creo,” Cam respondió en voz baja. “Asumiendo que ella no tendrá… distracciones externas. Lo que significa sin Daniel y sin Cam. Esa debe ser la regla principal.” ¿Sin verla por dieciocho días? Daniel no podía imaginarlo. Más que eso, no podía imaginar siquiera a Luce estando de acuerdo con ello. Ellos simplemente se habían encontrado uno al otro en esta vida y finalmente tenían una oportunidad de estar juntos. Y, como siempre ocurría, explicar los detalles podría matarla. Ella no podía escuchar acerca de sus vidas pasadas de los labios de los ángeles. Luce no lo sabía aun, pero muy pronto, lo descubriría por su cuenta… todo. La verdad oculta, específicamente lo que Luce pensaría de ello, aterraba a Daniel. Pero el que Luce la descubriera por sí misma era la única manera de salir de este ciclo horrible. Por esta razón, su experiencia en el Shoreline era tan crucial. Por dieciocho días, Daniel podría derribar a todos los Proscritos que vengan a su encuentro. Pero cuando la tregua se haya terminado, todo estaría en manos de Luce nuevo. Solo en las manos de Luce. 

El sol se ponía sobre el Monte Tamalpais y la bruma de la noche estaba envolviéndolo.
“Déjame llevarla a Shoreline,” dijo Daniel. Sería su última oportunidad de verla. Cam lo miró extrañamente, preguntándose si ceder. Por segunda vez, Daniel tuvo que forzar físicamente a sus adoloridas alas a permanecer dentro de su piel.
“De acuerdo,” dijo al fin Cam. “A cambio de la starshot.” Daniel entregó el arma y Cam la deslizó por dentro de su abrigo.
“Llévala hasta la escuela y luego búscame. No metas la pata; te estaré observando.”
“¿Y luego?”
“Tú y yo tenemos una cacería que atender.” Daniel asintió y desplegó sus alas, sintiendo el profundo placer de la liberación a través de su cuerpo. Permaneció de pie por un momento, recolectando energía, sintiendo la brutal resistencia de las alas contra su armadura. Era tiempo de huir de esta maldita, repugnante escena con Cam y permitir a sus alas trasportarlo de regreso a un lugar donde pudiera verdaderamente ser el. De regreso a Luce. Y de regreso a la mentira que debería vivir un poco más de tiempo “La tregua iniciaba a la medianoche de mañana,” Daniel gritó, esparciendo una gran nube de arena en la playa mientras doblaba sus rodillas, despegó, y se elevó por el cielo.

Uno

Dieciocho Dias

Luce planeaba mantener sus ojos cerrados durante todas las seis horas que durara el vuelo que atravesaba el país iniciando en Georgía y finalizando en California, justo hasta el momento cuando las ruedas del avión tocaran tierra en San Francisco. Medio dormida, encontraba mucho más fácil pretender que ya estaba junto a Daniel. Se sentía como toda una vida desde que lo había visto, aunque realmente solo habían sido unos pocos días. Incluso desde que se habían dicho adiós en Espada y Cruz el viernes en la mañana, todo el cuerpo de luce se había sentido aturdido. La ausencia de su voz, su calor, el toque de sus alas: se habían clavado en sus huesos, como una enfermedad.
Un brazo rozaba contra el de ella, y Luce abrió sus ojos. Estaba frente a frente con un chico de ojos muy abiertos y cabello castaño unos pocos años mayor que ella.
“Disculpa,” ambos dijeron al mismo tiempo, cada uno retirándose unos pocos centímetros al otro lado del apoyabrazos del avión. Afuera de la ventana, la vista era asombrosa. El avión estaba haciendo su descenso en San Francisco, y Luce no había visto Nada como eso antes. Mientras bordeaban el lado sur de la bahía, un afluente de tortuoso azul parecía cortar a través de la tierra sobre su camino a la mar. La corriente dividía un vibrante campo verde en un torbellino de algo rojo brillante a un lado y blanco en el otro. Presionó su frente contra el panel de plástico reforzado y trató de obtener una mejor vista.
“¿Qué es eso?” preguntó en voz alta.
“Sal,” el chico contestó, señalando. Se inclinó acercándose. “Ellos lo extraen fuera del Pacifico.” La respuesta fue tan simple, tan… humana. Casi sorprendente luego de el tiempo que ella había pasado con Daniel y los otros — era todavía una inexperta en el uso de los términos literales — ángeles y demonios. Miraba por encima del azul medianoche del agua, que parecía extenderse eternamente hacia el oeste. El sol sobre el agua, siempre se le había parecido a las mañanas en la costa atlántica, donde se había crecido Luce. Pero afuera, era casi de noche.
“No eres de aquí. ¿Verdad?” su compañero de asiento pregunto. Luce negó con la cabeza pero mordió su lengua. Permaneció mirando afuera por la ventana. Antes que hubiese dejado Georgia esta mañana, el Sr Cole le había dado indicaciones sobre mantener una actitud discreta. A los otros profesores les había sido dicho que los padres de Luce había solicitado una trasferencia. Eso era una mentira. En cuanto a los padres de Luce, Callie, y cualquier otro que la conociera, ella estaba aun inscrita en Espada y Cruz. Unas pocas semanas antes, eso la habría enfurecido. Pero las cosa que habían ocurrido en aquellos últimos días en Espada y Cruz habían convertido a Luce en una persona que se tomaba el mundo de forma más seria. Había vislumbrado una ráfaga de imágenes de otra vida -- una de muchas en la que había compartido con Daniel antes. Había descubierto un amor más importante para ella que cualquier otra cosa que alguna vez hubiese creído posible. Y luego había visto todo aquello amenazado por una loca anciana, blandiendo una daga y en quien pensó podría confiar. 

Habían más por ahí como la señorita Sophia, hasta donde Luce sabía. Pero nadie le había dicho cómo reconocerlos. La señorita Sophia pareció normal, hasta el último momento. ¿Podrían los otros parecer tan inocentes como... este chico de cabello castaño sentado a su lado? Luce trago saliva, cruzó las manos sobre su regazo, y trató de pensar en Daniel.
Daniel estaba llevándola a un lugar seguro.
Luce lo imaginaba esperando por ella una de aquellas sillas de plástico del aeropuerto, los codos en sus rodillas, su rubia cabeza metida entre sus hombros. Meciendo sus Converse negros. Poniéndose de pie a cada rato para dar una vuelta por el carrusel del equipaje. Hubo una sacudida cuando el avión aterrizaba. De repente estaba nerviosa. ¿Estaría él tan feliz de verla como ella estaba de verlo? Se concentro en los patrones marrones y beige del asiento de tela frente a ella. Su cuello se sentía rígido por el largo vuelo y su ropa tenía el olor rancio, viciado de las aerolíneas. El personal de tierra, vestido de color azul marino, que veía por la ventana le pareció que duraba un tiempo anormalmente largo para dirigir el avión a la pasarela de desembarque. Sus rodillas se balanceaban con impaciencia.
“¿Parece que permanecerás en California por un tiempo?” El chico junto a ella le ofreció una leve sonrisa que solo hizo que Luce estuviese mas ansiosa por levantarse.
“¿Por qué dices eso?” pregunto apresuradamente. “¿Qué te hace pensarlo?” Él parpadeó. “Por ese enorme bolso de lona roja y todo.” Luce se alejó lentamente de él. No había detallado a este chico hasta hacía dos minutos cuando se había movido despertándola.
¿Cómo podía saber de su equipaje? 
“Oye, No es para que te asustes.” Le lanzó una extraña mirada.
“Solo estaba detrás de ti en la fila mientras te registrabas.” Luce sonrió incomoda. “Tengo novio.” Fluyó de sus labios. De modo instantáneo sus mejillas se enrojecieron. El chico tosió. “Entendido.” Luce hizo una mueca. No sabía porque había dicho eso. No quiso ser ruda, pero la luz del cinturón de seguridad se apagó y todo lo que quería hacer era correr mucho para dejar atrás a este chico y salir directo del avión. Él debería tener la misma idea, porque avanzó hacía atrás poco a poco por el pasillo y deslizó sus manos hacía adelante. Tan educadamente como pudo, Luce se abrió paso y empujó hacia la salida. Solo para quedar atrapada en un cuello de botella en la agonizante lentitud del la pasarela de desembarque. Maldiciendo silenciosamente a todos los californianos que de modo casual arrastraban sus pies frente a ella, Luce se puso de puntillas y pasaba de un pie a otro. Para el momento en que entró en el terminal, se había vuelto medio loca por la impaciencia. Finalmente, podía moverse. Zigzagueo hábilmente entre la multitud y se le olvido todo sobre el chico que había acabado de conocer en el avión. Olvidó sentir nervios porque nunca en su Vida había estado en California, nunca había ido más allá de Branson, Missouri, aquella vez cuando sus padres la arrastraron a ver a Yakov Smirnoff haciendo comedia. Y por primera vez en días, incluso había olvidado por un momento las horribles cosas que había visto en Espada y Cruz. Estaba encaminándose hacia la única cosa en el mundo que tenía el poder de hacerla sentir mejor. La única cosa que podría hacerla sentir que todo la agonía que había pasado a pesar de todo lo de las sombras, de aquella batalla irreal en el cementerio, y lo peor de todo, la angustia por la muerte de Pen, valía la pena sobrevivir.
Allí estaba él. Sentado exactamente como lo había imaginado que estaría, al final de un bloque de tristes sillas grises, junto a una puerta deslizante automática que permanecía abriendo y cerrándose tras de él. Por un secundo, Luce se detuvo y simplemente disfrutó la vista.

Daniel llevaba sandalias y unos pantalones de mezclilla oscuros que no había visto antes y una camiseta roja estirada que estaba rasgada cerca del bolsillo. Lucía igual, sin embargo tenía algo diferente. Estaba más descansado de lo que estaba cuando se habían despedido el otro día. ¿Era solo que lo echaba mucho de menos, o su piel estaba incluso más radiante de lo que ella recordaba? Él miro hacia arriba y finalmente la vio. Su sonrisa prácticamente destellaba. Salió corriendo hacia él. En menos de un segundo, sus brazos estaban alrededor de ella, su rostro hundido en pecho de él, y Luce dejó escapar el más largo, el más profundo de los suspiros.
Su boca encontró la de él y se fundieron en un beso. Estaba tranquila y feliz en sus brazos.
No se había dado cuenta hasta ahora, pero una parte de ella se había preguntado si alguna vez lo volvería a ver, si todo podría haber sido un sueño. El amor que sentía, el amor que Daniel correspondía, todo aún se sentía tan surrealista. Aun atrapada por su beso, Luce pellizco ligeramente sus bíceps. No era un sueño. Por primera vez en quien sabe cuando tiempo, se sentía como que estaba en casa.
“Estas aquí,” él le susurró al oído.
“Estas aquí.”
“Ambos estamos aquí.”
Se rieron, aun besándose, consumiendo cada pedacito de la dulce necesidad de verse el uno al otro de nuevo. Sin embargo cuando Luce menos lo esperaba, su risa se tornó en un sollozo. Estaba buscando una forma de decirle cuan duros habían sido los últimos días para ella. Sin él, sin nadie, medio adormecida y aturdidamente consciente de que todo había cambiado, pero en los brazos de Daniel, no lograba encontrar las palabras.
“Lo sé,” dijo él. “Déjame tomar tu bolso y salgamos de aquí.” Luce se volvió hacia el carrusel de equipaje y se encontró a su compañero de vuelo frente a ella, tenía las correas de lona de su enorme bolso firmemente agarrada entre sus manos. “Vi pasar esta,” dijo, con una sonrisa forzada en su rostro, como si estuviera empeñado en demostrar sus buenas intenciones. “Es tuyo, ¿no?” Antes de que Luce tuviese oportunidad de responder, Daniel le quitaba al chico el abultado bolso, usando solo una mano.
“Gracias, amigo. Lo llevaré de aquí en adelante.” le dijo, con la decisión suficiente como para dar por finalizada la conversación. El chico observaba mientras Daniel deslizaba su otra mano alrededor de la cintura de Luce y la conducía afuera. Esa fue la primera vez desde Espada y Cruz que Luce había sido capaz de ver a Daniel como el mundo lo hacía, su primera oportunidad de preguntarse si las otras personas podrían decir, solo al obsérvalo, que había algo extraordinario en él.

Luego pasaron a través de las puertas corredizas de vidrio y ella tomó su primer aliento real de la Costa Oeste. El aire de principios de noviembre se sentía fresco y vigorizante y de algún modo saludable, no empapado y gélido como el aire Savannah esta tarde, cuando su avión había despegado. El cielo tenía un resplandeciente azul brillante, sin nubes en el horizonte. Todo parecía recién-hecho y limpio, incluso el estacionamiento estaba ocupado por filas y filas de coches recién lavados. Una línea de montañas enmarcándolo todo, de color marrón pardo con puntos ralos de verdes árboles, una colina empalmando con la siguiente. Ya no estaba en Georgia.
“No sé si estar sorprendido,” bromeó Daniel. “Te dejo salir de debajo de mi ala por dos días y otro chico se te lanza encima.”
Luce puso los ojos en blanco. “Vamos. Apenas si hablamos. En realidad, me dormí todo el vuelo.” le dio un codazo. “soñando contigo.”

Los labios fruncidos de Daniel se trasformaron en una sonrisa y le dio un beso en la parte superior de la cabeza. Ella se quedo parada, esperando más, sin siquiera darse cuenta que Daniel se había detenido frente a un auto. Y no cualquier auto. Un Alfa Romeo negro.
Luce se quedo con la boca abierta cuando Daniel abrió la puerta del pasajero.
“Ee-ese…,” balbuceó. “Ese es… ¿Sabías que ese es definitivamente el auto de mis sueños?”
“Más que eso,” Daniel se echo a reír. “Este solía ser tu carro.” Se rio cuando ella prácticamente salto al escuchar sus palabras. Ella aun estaba acostumbrándose a la parte de la reencarnación en la historia de ellos. Era tan injusto. Todo un auto del que no tenía recuerdos. Vidas completas que no podía recordar. Estaba desesperada por saber de ellas, casi como si sus antiguos yo fueran hermanas de las que hubiese sido separada al nacer. Posó su mano en el parabrisas, buscando una brizna de algo, un deja vú. Nada.

“Fue un lindo detalle de tu familia por tus dieciséis un par de vidas atrás.” Daniel miraba de reojo, como si estuviera tratando de decidir cuánto más decir. Tanto como él sabía ella estaba hambrienta de detalles también sabía que podría no ser capaz de asimilar mucho a la vez. “Solo se lo compré a ese chico en Reno. Él lo compró después que tú, eh… Bueno, después que tu…” Hiciera combustión espontanea, pensó Luce, llenándose de la verdad amarga de que Daniel no le contaría. Esa era lo único que tenía de sus vidas pasadas: El final raramente cambiaba. Excepto, que parecía, que esta vez podría hacerlo. Esta vez ellos podían tomarse de las manos, besarse, y… ella no sabía que otra cosa podrían hacer. Pero moría por descubrirlo. Se sorprendió de ella misma. Ellos deberían ser cuidadosos. Diecisiete años no eran suficientes, y en esta vida, Luce estaba reacia a quedarse esperando a ver cómo era realmente estar con Daniel. Aclaró su garganta y dio unas palmaditas al reluciente capó negro. “Aun corre como un campeón. El único problema es…” Dirigió su mirada a la pequeña maletera del convertible, luego al bolso de lona de Luce, y de regreso a la maletera. Si, Luce tenía un terrible habito de sobre empacar, era la primera en admitirlo. Pero por una vez, no era su culpa. Arriane y Gabbe habían empacado sus cosas del dormitorio de Espada y Cruz, cada una de aquellas piezas de ropa negra o no-negra que ella ni siquiera había tenido oportunidad de vestir. Había estado demasiado ocupada diciendo adiós a Daniel, y a Penn, como para empacar. Dio un respingo, sintiéndose culpable por estar aquí en California, con Daniel, tan lejos de donde había dejado a su amiga enterrada. No le parecía justo. El Sr. Cole seguía asegurándole que la señorita Sophia sería inculpada por lo que le había hecho a Penn, pero cuando Luce lo había presionado para saber que exactamente quería decir aquello, él tiró de su bigote y no dijo una palabras más.

Daniel dio un vistazo con recelo alrededor del estacionamiento. Abrió el maletero, con el inmenso bolso de lona de Luce en la mano. Era imposible que cupiese, pero en ese momento un leve sonido de succión vino de la parte de atrás del auto y el bolso de Luce comenzó a encogerse. Un momento después Daniel cerraba rápidamente el maletero. Luce parpadeó. “¡Hazlo otra vez!” Daniel no reía. Parecía nervioso. Se deslizó en el puesto del conductor y encendió el auto sin decir una palabra. Era una cosa nueva, extraña para Luce: ver su rostro tan sereno en la superficie, sin embargo conocerlo lo suficientemente bien como para sentir que había algo mucho más abajo.
“¿Qué ocurre?”
“El Sr Cole te advirtió sobre mantener un perfil bajo ¿Verdad?” Ella asintió. Daniel retrocedió en el lugar, luego dio media vuelta para salir de del estacionamiento, deslizando una tarjeta de crédito dentro de la máquina de camino a la salida.
 “Eso fue estúpido. Debí haberlo pensado.”
“¿Cuál es el problema?” Luce metía su cabello oscuro detrás de sus orejas mientras el auto aceleraba. “¿Crees que vas a atraer la atención de Cam por meter un bolso en la maletera?” Daniel tenía una mirada lejana en sus ojos y sacudió su cabeza. “No la de Cam. No.” Un momento después, el apretó la rodilla de ella. “Olvida lo que he dicho. Yo solo. Es solo que ambos que debemos ser cuidadosos.”
Luce le oía, pero estaba demasiado abrumada para escucharlo con detenimiento. Le encantaba ver a Daniel haciendo los cambios expertamente a medida que tomaba la rampa hacia la autopista y se movía rápidamente a través del tráfico; le encantaba sentir el viento azotando a través del auto mientras pasaban veloces hacia la imponente ciudad de San Francisco; Le encantaba... sobre todo, simplemente estar con Daniel.

En San Francisco propiamente dicho, el camino se tornaba demasiado empinado. Cada vez que alcanzaban una colina y comenzaban descender a toda velocidad otra, Luce capturaba una visión diferente de la ciudad. Parecía antigua y nueva al mismo tiempo: los ventanales como espejos de los rascacielos se apostaban directamente contra los restaurantes y bares que parecían de un siglo de antigüedad. Coches diminutos alineados en las calles, estacionados en ángulos que desafían la gravedad.Perros y carriolas por todas partes. La chispa de agua azul por todo el borde de la ciudad. Y la primera visión del dulce rojo manzana del puente Golden Gate en la distancia Sus ojos revoloteaban de un lado a otro para mantenerse al día con todas las visiones. Y aunque había pasado la mayor parte de los últimos días durmiendo, de repente sintió una oleada de agotamiento.

Daniel estiró su brazo alrededor de ella y le guió la cabeza hacia su hombro. “Un hecho poco conocido acerca de los ángeles: Somos almohadas excelentes.” Luce rió, estirando su cuello para besar su mejilla. “Posiblemente no podría dormir.” dijo, rozándole el cuello con su nariz. En el Puente Golden Gate, una multitud de peatones, ciclistas expandiéndose, y corredores flanqueaban los autos. Abajo a lo lejos la bahía era brillante, salpicada de barcos de vela blanca y los primeros tonos de una violeta puesta de sol. “Hace días que no nos vemos. Quiero ponerme al día”, dijo. “Dime lo que has estado haciendo. Cuéntamelo todo.”
Por un instante, creyó ver las manos de Daniel estrecharse alrededor del volante. “Si tu objetivo no es quedarte dormida,” dijo, rompiendo en una sonrisa, “entonces realmente no debo ahondar en la minuta de la reunión del Concilio de Ángeles de ocho horas de duración en la que me quedé atrapado todo el día de ayer. Veras, el consejo se reunió para discutir una enmienda a la proposición 362B, que detalla el formulario aprobado para la participación de querubines en un circuito de tercera.”
“Está bien, entendido.” Le dijo zarandeándolo. Daniel estaba bromeando, pero era una extraña nueva forma de bromear. Estaba siendo realmente abierto con el hecho de ser un ángel, lo cual le encantaba, o al menos le encantaría, una vez ella hubiese tenido tiempo de procesarlo. Luce aun se sentía como si su corazón y su cerebro estuvieran luchando por ponerse al día con los cambios en su vida. Pero estaban de nuevo juntos para siempre, así todo era infinitamente más fácil. No había nada que ocultar el uno del otro nunca más. Tiro de su brazo. “Al menos dime donde vamos.”
Daniel se estremeció, y Luce sintió un nudo de frío desatándose dentro de su pecho. Se movió para poner su mano sobre la de él, pero él la apartó para reducir la velocidad del auto.
“Una escuela en Fort Bragg llamada Shoreline. Las clases comienzan mañana.”
“¿Estamos inscritos en otra escuela?” le preguntó. “¿Por qué?” sonaba tan permanente. Esto se suponía seria un viaje provisional. Sus padres incluso no sabían que ella había dejado el estado de Georgia.

“Te gustará Shoreline. Es muy progresista, y mucho mejor que Espada y Cruz. Creo que serás capaz de… desarrollarte allí. Y ningún daño vendrá a ti. La escuela ofrece una clase de protección, especial. Un escudo como una especie de camuflaje.”
“No lo entiendo. ¿Por qué necesito un escudo protector? Pensé que venir aquí, lejos de la Srta. Sophia, era suficiente.”
“No solo se trata de la Srta. Sophia,” Daniel dijo pausadamente.
“Hay otros.”
“¿Quienes? Tu puedes protegerme de Cam, o Molly, o de quien sea.” Luce rió, pero la fría sensación en su pecho estaba espaciándose hacia su intestino.
“No es se trata de Cam o de Molly. Luce, no puedo hablar de ello.”
“¿Conoceremos a alguien más allí? ¿Algún otro ángel?”
“Hay algunos ángeles allí. Ninguno que conozcas, pero estoy seguro que te la llevarás bien. Hay una cosa más.” Su voz era monótona mientras miraba al frente. “No me inscribiré.” Sus ojos ni una sola vez se desviaron del camino. “Solo tú. Es solo por poco tiempo.”
“¿Qué tan poco?”
“Unas pocas... semanas.”
De haber sido Luce quien estuviera tras el volante, en este momento era cuando hubiese metido un frenazo.
“¿Unas pocas semanas?”
“Si pudiese estar contigo, lo haría.” La voz de Daniel era tan monótona, tan calmada, que hacía que estuviese aun más alterada.
“Viste lo que pasó con tu bolso de lona y la maletera. Eso fue como un el disparó de una bengala al cielo para que todos sepan dónde estamos. Para alertar a cualquiera que esté en mi búsqueda y la de quien esté a mi lado, me refiero a ti. Soy demasiado fácil de encontrar, demasiado fácil para que otros me rastreen. ¿Y ese incidente con tu bolsa? Eso no es nada en comparación con las cosas que hago todos los días que llaman la atención de...” sacudió la cabeza bruscamente,
“Luce, no voy ponerte en peligro, no lo haré.”
“Entonces no lo hagas.” El rostro de Daniel estaba afligido.
“Es complicado.”
“Y déjame suponer: No lo puedes explicar.”
“Desearía poder.”
Luce llevó sus rodillas hasta su pecho, apartándose de él e inclinándose contra la puerta del asiento de pasajero, sintiendo una especie de claustrofobia bajo el gran cielo azul de California.

Por media hora, ambos siguieron el viaje en silencio. Entrando y saliendo de los parches de niebla, subiendo y bajando por el terreno rocoso y árido. Pasaban la señal de Sonoma, y mientras el auto cruzaba frondosos viñedos verdes, Daniel habló. “Son tres horas más para llegar a Fort Bragg. ¿Vas a permanecer enojada conmigo todo el tiempo?”

Luce lo ignoró. Pensó en ello y se negó a darle voz a cientos de preguntas, frustraciones, acusaciones, y — por último — disculpas por actuar como una niña mimada. En el desvío hacia el Valle de Anderson, Daniel tomo la vía al oeste e intentó de nuevo tomarle la mano. “¿Será que me perdonarás a tiempo para disfrutar de nuestros últimos minutos juntos?” Ella quería. De verdad quería no estar peleando con Daniel justo en este momento. Pero la reciente mención de que hay algo así como unos “últimos minutos juntos,” de que él la dejaría sola por razones que ella no podría entender y que el siempre rehusaba explicar — aquello hacía que Luce se sintiera nerviosa, aterrorizada, y frustrada una vez más.

En el mar turbulento de lo que significa un nuevo estado, una nueva escuela, nuevos peligros por todas partes, Daniel era la única roca que ella tenía para sostenerse. ¿Y el estaba a punto de dejarla? ¿No había tenido ella suficiente? ¿No habían tenido ambos lo suficiente?

Fue sólo después de que habían pasado a través de las secoyas y que salían a un estrellado anochecer azul rey que Daniel dijo algo que rompió a través de ella. Apenas habían pasado una señal en la que se leía BIENVENIDO A MENDOCINO, y Luce estaba mirando hacia el oeste. La luna llena brillaba sobre un conjunto de edificios: un faro, varias torres de agua de cobre, y filas de viejas casas de madera bien conservadas. En algún lugar más allá de todo lo que era el océano que podía oír pero no podía ver.

Daniel señaló hacia el este, dentro del oscuro y denso bosque de secoyas y arboles de arce. “¿Ves ese remolque estacionado más adelante?”

Nunca lo habría hecho si él no lo hubiese señalado, pero en ese momento Luce entrecerró los ojos para ver un estrecho sendero, donde en un cartel de madera cubierto de cal se leía en decoloradas letras CASAS RODANTES DE MENDOCINO.
“Solías vivir justo allí.”
“¿Qué?” contuvo su aliento tan rápidamente, que empezó a toser.

El estacionamiento parecía triste y solitario, una opaca línea de cajas cortadas a la misma medida con el techo bajo, puestas a lo largo de un barato camino de grava. “Eso es horrible.” “Viviste allí antes que fuese un estacionamiento de remolques,” dijo Daniel, acercando el auto para detenerse a un lado del camino. “Antes de que allí hubiera una casa rodante. Tu padre en esa vida trajo a tu familia durante la fiebre del oro.” Parecía mirar hacia adentro a algún lugar, y tristemente sacudió su cabeza. “Solía ser un lugar verdaderamente hermoso.” Aun así era tan claro para Daniel. “Tenias una cabaña de dos cuartos y tu madre era una cocinera terrible, por eso todo el lugar siempre olía como a repollo. Tenías estas cortinas de tela de algodón a cuadros azules que yo acostumbraba a abrir y así poder trepar a través de tu ventana por la noche, después que tus padres se quedaban dormidos.” El auto estaba detenido. Luce cerro sus ojos y trató de contrarrestar sus estúpidas lágrimas. Escuchando la historia de ellos contada por Daniel la hacía sentir que era tanto posible como imposible. Escucharlo también la hacía sentirse terriblemente culpable. El había tenido que cargar con ella por tanto tiempo, durante tantas vidas. Había olvidado cuán bien él la conocía. Mejor incluso de lo que ella se conocía a sí misma.

¿Sabría Daniel que estaba pensando ella en este momento? Luce se preguntaba si, de algún modo, era más fácil ser ella que nunca recordaba a Daniel que ser él que pasaba por esto una y otra vez. Si él decía que debía alejarse por unas pocas semanas y no podía explicar porque… ella tendría que confiar en él.

“¿Cómo fue la primera vez que me viste?” le preguntó. Daniel sonrió. “Yo partía leña a cambio de comida en ese entonces. Una noche, alrededor de hora de la cena pasaba caminando por delante de tu casa. Su madre tenía la col preparándose, y olía tan mal que casi salto por encima de tu casa. Pero entonces te vi a través de la ventana. Estabas cosiendo. No podía quitar mis ojos de tus manos.”

Luce observó sus manos, sus pálido, dedos cónicos y las palmas pequeñas, cuadradas. Se preguntó si ellas siempre Lucian igual.

Daniel llegó hasta ellas a través de la consola. “Son tan suaves ahora como lo eran entonces.” Luce sacudió su cabeza. Adoraba la historia, quería escuchar mil más iguales a esta, pero eso no era lo que había querido decir. “Quiero saber acerca de la primera vez que me viste,” dijo.”La verdadera primera vez. ¿Cómo fue eso?”

Luego de una larga pausa, finalmente dijo, “Se está haciendo tarde. Te están esperando en Shoreline antes de la medianoche.” Se dio prisa, virando rápidamente a la izquierda al centro de Mendocino. A través del espejo retrovisor, Luce observaba la casa rodante volviéndose más pequeña, más oscura, hasta que desapareció completamente. Pero entonces, unos pocos segundos después, Daniel estacionaba el auto en frente de un vacío café de los que permanecen abiertos durante toda la noche, de paredes amarillas y ventanales en el frente que iban del piso al techo. La cuadra estaba llena de edificios extravagantes, pintoresco que hacían recrear a Luce una versión menos congestionada de la costa de Nueva Inglaterra cerca de su antigua escuela preparatoria de New Hampshire, Dover.
La calle estaba pavimentada con amarillos adoquines desiguales que brillaban a la luz de las elevadas farolas. Al fondo, la carretera parecía llegar directamente al océano. Un frío subió furtivamente a través de ella. Tuvo que pasar por alto su reflexivo miedo a la oscuridad. Daniel le había explicado acerca de la sombras, que no tenía nada que temer de ellas, que eran simplemente mensajeros. Lo que debería haber sido tranquilizador, excepto por el hecho, difícil de ignorar, que esto significaba que había cosas más grandes a las que temer. “¿Por qué no me lo dirás? No pudo evitarlo. No sabía por qué sentía que era tan importante preguntarle. Si ella iba a confiar en Daniel cuando le decía que tenía que dejarla después de que ella anheló toda su vida este reencuentro, pues, quizá sólo quería entender los orígenes de esa confianza. Saber cuándo y cómo había empezado todo. “¿Sabes lo que mi apellido significa?” le dijo, sorprendiéndola. Luce mordió su labio, tratando de pensar de nuevo en la investigación que Penn y ella habían hecho. “Recuerdo a la Srta. Sophia diciendo algo de los Vigilantes. Pero no sé lo que significa, o si incluso se supone que deba creerle.” Sus dedos fueron hasta su cuello hacia el sitio donde el cuchillo de la Srta. Sophia se había posado. “Ella tenía razón. Los Grigoris eran un clan. Ellos fueron nombrados así en mi nombre, en realidad. Porque vigilaban y aprendían de lo que ocurría cuando… En aquel tiempo cuando era bienvenido en el Cielo. Y en el tiempo cuando eras… bueno, todo esto ocurrió hace mucho, Luce. Es difícil para mí recordar gran parte de esto.” “¿Dónde? ¿Dónde estaba yo?” ella insistió. “Recuerdo a la Srta. Sophia diciendo algo sobre los Grigoris uniéndose con mujeres mortales. ¿Es eso lo que ocurrió? ¿Tú te…?” La examinó detenidamente. Algo cambio en su rostro, y bajo la sombría luz de la luna, Luce no podía decir lo que eso significaba. Era casi como si el estuviese aliviado porque ella lo hubiese adivinado, así el no tenía que ser quien lo explicara con detalle. “La verdadera primera vez que te vi,” Daniel continuó, “no fue algo diferente de cualquier otra vez que te he visto desde entonces. El mundo era más reciente, pero eras simplemente la misma. Fue —” “Amor a primera vista.” Esa parte la conocía. El asintió. “Al igual que siempre. La única diferencia era, que al principio, estabas fuera de alcance. Estaba siendo castigado, y me enamoré de ti en el peor momento posible. Las cosas estaban muy violentas en el Cielo. A causa de quien… soy… estaba obligado a mantenerme alejado de ti. Eras una distracción. El enfoque debía supuestamente ser ganar la guerra. Es la misma guerra que aun está librándose.” Él suspiró. “Y si no lo has notado, estoy aun muy distraído.” “Así que eras un ángel de rango muy alto,” Luce murmuró. “Claro.” Daniel parecía desdichado, vacilante y luego parecía, cuando habló nuevamente, morder las palabras: “fue una caída desde uno de las más altas percas.” Por supuesto. Daniel habría de ser importante en el cielo para haber causado semejante gran grieta. Por eso su amor por una chica mortal estaba tan fuera de alcance. “¿Lo diste todo? ¿Por mí?” Pegó su frente a la de ella. “No cambiaría nada.” “Pero yo era nada,” dijo Luce. Se sintió pesada, como si fuera arrastrada. Arrastrándolo hacia abajo. “¡Había que renunciar a tanto!” Sintió un malestar en el estomago. “Y ahora estas condenado para siempre.” Apagando el auto, Daniel le dio una triste sonrisa. “Podría no ser para siempre.” “¿Qué quieres decir?” “Vamos,” le dijo, saltando del auto y rodeándolo para abrirle la puerta. “Daremos una caminata.” Se encaminaron hacia el final de la calle, que no era un callejón sin salida después de todo, sino que conducía a una empinada, escalera rocosa que continuaba hacia el agua. El aire era fresco y húmedo con el roció del mar. Justo a la izquierda de la escalera, un sendero a lo lejos. Daniel tomo la mano de ella y fueron al borde del acantilado. “¿Dónde vamos?” Luce preguntó Daniel le sonrió, enderezando sus hombros y desplegando sus alas. Lentamente, estas se extendieron hacia arriba y por fuera de sus hombros, desplegándose con una serie chasquidos y crujidos casi inaudibles. Completamente flexionadas, hicieron un suave siseo, como un edredón de plumas siendo extendido sobre una cama.

Por primera vez, Luce detalló la parte trasera de la camisa de Daniel. Habían dos hendiduras diminutas, que sin detallar serían invisibles, se abrían en ese momento para permitir a sus alas deslizarse a través de ellas. ¿Tenía toda la ropa de Daniel estas alteraciones angélicas? O ¿Tenía ciertas, cosas especiales que vestía cuando sabía que planeaba volar?

De cualquier modo, sus alas nunca fallaban en dejar a Luce sin habla. Eran enormes, elevándose tres veces más altas que Daniel, y se curvaban hacia el cielo y a los lados como amplias velas blancas de un barco. Su amplia extensión atrapaba la luz de las estrellas y la reflejaba más intensamente, de modo que resplandecía un iridiscente brillo. Cerca de su cuerpo se oscurecían, matizando a un suntuoso color a tierra cremosa donde estas pegaban con los músculos de sus hombros. Pero a lo largo de sus bordes cónicos, crecían delgadas y brillantes, volviéndose casi transparentes en la punta. Luce las miraba, absorta, tratando de recordar la línea de cada gloriosa pluma, para mantener todo aquello dentro de ella cuando él se fuese. Él relucía tan resplandeciente, que el sol podría haber tomado luz de él. La risa de sus ojos violeta le decía cuán bien él se sentía por dejar en libertad sus alas. Tan bien como Luce sentía cuando estaba envuelta en ellas. “Vuela conmigo,” le susurró. “¿Qué?” “No voy a verte por un rato. Tengo que darte algo para recordar.” Luce lo beso antes de que él pudiera decir alguna cosa más, enlazando sus dedos alrededor de su cuello, apretándolo tan fuertemente como podía, esperando darle algo para que la recordara, también.

Con la espalda de ella recostada contra su pecho, y la cabeza sobre su hombro, Daniel trazaba una línea de besos que bajaban por su cuello. Ella contuvo su aliento, esperando. Entonces el dobló sus piernas y grácilmente se abalanzó hacia el borde del acantilado. Estaban volando. Lejos de la rocosa plataforma de la línea costera, sobre las crujientes ondas plateadas de abajo, formaban arcos en el cielo como si estuvieran remontándose a la luna. El abrazo de Daniel la escudaba de cada agitada ráfaga de viento, del cada roce del frío océano. La noche estaba completamente quieta. Como si fueran las únicas dos personas que quedaran en el mundo.

“Esto es el Cielo, ¿No es así?” le preguntó. Daniel rió. “Desearía que lo fuera. Tal vez un día no muy lejano.”

Cuando habían volado lo suficientemente lejos para que no pudiese verse la tierra ni nada alrededor de ellos, Daniel viró delicadamente hacia el norte, y se abalanzaron sobre una amplio arco pasando la ciudad de Mendocino, que brillaba en todo su esplendor en el horizonte. Estaban muy por encima del edificio más alto de la ciudad y moviendose increíblemente rápido. Sin embargo Luce nunca se había sentido más seguro o más enamorada en su vida. Y luego, todo fue demasiado rápido, estaban descendiendo, acercándose gradualmente a un borde diferente del acantilado. El sonido del océano se hizo más fuerte de nuevo.

Un oscuro camino bifurcaba a la carretera principal. Cuando sus pies tocaron ligeramente abajo en un parche fresco de la hierba espesa, Luce suspiró. “¿Dónde estamos?” preguntó, aunque por supuesto que ya sabía. La escuela Shoreline. Podría ver una enorme edificación en la distancia, pero desde aquí lucía completamente oscura, simplemente una figura en el horizonte. Daniel la mantuvo presionada contra él, como si estuvieran aun en el aire. Ella estiró su cabeza para ver su expresión. Los ojos de Daniel estaban húmedos. “Aquellos quienes me maldijeron están aun observando, Luce. Lo han estado haciendo por milenios. Y no quieren que estemos juntos. Harán cualquier cosa que puedan para detenernos. Es por eso que no es seguro para mí permanecer aquí.” Asintió, los ojos le picaban. “Pero ¿Por qué estoy aquí?” “Porque haré cualquier cosa que esté a mi alcance para mantenerte a salvo, y este es el mejor lugar para tía ahora. Te amo, Luce. Más que a cualquier cosa. Estaré de regreso contigo tan pronto como pueda.” Quiso protestar, pero se contuvo. Él lo había dado todo por ella. Cuando la liberó de su abrazo, abrió la palma de su mano y una pequeña figura roja dentro de ella comenzó a crecer. Su bolso de lona. Lo había tomado de la parte de atrás del auto sin que ella siquiera lo supiera, cargándolo todo el camino dentro de su mano. En solo pocos segundos, se había expandido completamente, de regreso a su tamaño original. Si no hubiera estado tan destrozada por lo que significaba que él se lo entregara a ella, a Luce le hubiera encantado el truco. Una sola luz se encendió en el interior del edificio. Una silueta apareció en la puerta. “No es por mucho tiempo. Tan pronto como las cosas estén más seguras, vendré por ti.” Su mano caliente le apretó la muñeca y antes de que se diera cuenta, Luce se vio envuelta en su abrazo, atraída por sus labios. Dejó que todo lo demás se disipara, permitiendo a su corazón desbordarse. Tal vez ella no podía recordar sus vidas anteriores, pero cuando Daniel la besaba, ella se sentía cerca del pasado. Y el futuro. La figura en el camino hacia la entrada estaba caminando hacia ella, una mujer vestida con un corto vestido blanco. El beso que Luce había compartido con Daniel, demasiado dulce para ser tan breve, la dejó justo tan sin aliento como los besos entre ellos siempre lo hacían. “No te vayas,” susurraba, con sus ojos cerrados. Todo estaba pasando tan rápido. No podía dejar ir a Daniel. No aun. Ni siquiera creía que pudiera.Sintió la ráfaga de aire que indicaba que él ya había despegado.Su corazón se fue tras de él mientras habría sus ojos y veía el último trazo de sus alas desapareciendo en una nube, dentro de la oscura noche.




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